• Isabel Langa Fernández

Mi experiencia como voluntaria en Viena

Tal vez ya sepas que La Rueda acoge hasta 4 voluntarios del Cuerpo de Solidaridad Europeo al año, quizá te los has cruzado en uno de los grupos o te planteas ser uno el año que viene. En cualquier caso, siempre es interesante conocer su experiencia en nuestra asociación. Por tanto, hemos decidido compartir en esta primera edición las vivencias de Isabel, nuestra voluntaria asturiana que actualmente trabaja con nosotros en el grupo Klosterneuburgerstraße.


Isabel comenzó su diario nada más llegar, para enviárselo a su asociación de envío en España (El Conseyu de la Mocedá). A su blog nos remitimos para mostrar todos los altibajos del primer mes en un voluntariado, con ese choque cultural tan típico, el periodo de adaptación, la inesperada crisis del corona virus y la feliz conclusión. Según nos comenta, es cuestión de cambiar el chip y plantearse objetivos. De todos modos, ¡mejor que sea ella la que os de consejos y opinión!


Voluntaria en un kindergruppe bilingüe, primer mes de la aventura


¡Buenas!


Me presento antes de nada. Tal vez vayas a seguir el hilo de mi historia en el voluntariado, o quizá estás solo curioseando para tener una impresión general. Sea como sea, espero poder ayudarte a averiguar algo más del Cuerpo de Solidaridad Europeo. Me llamo Isabel y tengo 22 años, me he venido de voluntariado a Viena nada más acabar mi carrera (Comercio y Marketing) para trabajar en un Kindergruppe bilingüe español-alemán. A primera vista, nada que ver, pero de hecho estoy aprendiendo más de lo que hubiera imaginado. Sin más dilación, ¿Cómo ha sido este primer mes?


El comienzo fue algo turbulento, puesto que pillé un catarro después de un día entero viajando y me pasé los primeros días debilucha en casa. Este fue el momento de verlo todo muy negro, sola y todavía sin amigos en una ciudad extraña. De hecho, recuerdo haber tenido pensamientos negativos acerca de todo en mi entorno (que si el piso era pequeño, que si el barrio parecía peligroso, que si el proyecto estaba demasiado alejado...). Por supuesto, se me pasó en cuanto me recuperé, pero en esos días volvieron todas las dudas típicas: ¿He elegido bien? ¿Era el momento adecuado? ¿Y si no me gusta?


La primera semana en el proyecto también fue algo turbulenta, puesto que me tocó ayudar en una guardería que abría nueva y en esta etapa todo es un poco caótico: niños que jamás se han separado de sus padres con sus berrinches, cambios de horario, la barrera lingüistica etc. Tras dos días introductorios con la asociación de acogida, comenzó además el curso de alemán intensivo en las tardes (18:00-21:00) y nunca parecía tener tiempo para nada. Los otros voluntarios eran simpáticos, pero apenas nos juntabamos más que en las noches para aquellos que vivimos en la misma residencia de estudiantes (Que por cierto, estaba vacía porque las clases comienzan en octubre). En general, iba a marchas forzadas.


Sin embargo, tras este comienzo tan difícil todo mejoró enormemente. Visité Budapest el fin de semana (tengo amigos allí) y a la vuelta ya estaba de otro humor. En mi segunda semana me metí a todo grupo de Facebook abierto (Tandem, Erasmus, Hiking, Share&Care...), porque Viena es una ciudad muy viva y llena de posibilidades. En mi proyecto empecé a tratar más con el equipo de pedagogos y me arroparon muchísimo, aconsejándome sobre como vivir de forma económica e incluso regalándome una bicicleta, ropa y cubertería. Pero el momento clave fue el On-Arrival training que organizó la Agencia Nacional, cuatro días en un hotel maravilloso (con jardines y mucho lujo) con muchos otros voluntarios de toda Austria. Finalmente pudimos expresar abiertamente nuestros miedos, expectativas y situación en general. Además, nos fuimos a juntar el grupo más divertido (los trainers nos lo confesaron) y fue una gran fiesta. Tras el evento, tenemos amigos repartidos por el país y los de Viena nos hemos juntado más.





A estas alturas he visitado dos grandes ciudades (Budapest y Praga), he asistido al "oktoberfest" vienés, me he hecho con toda una colección de otoño en tiendas de segunda mano y me he apuntado al gimnasio con amigos.

Viena es realmente un sitio maravilloso para vivir, con mucho verde, gente amable y mil eventos. La sanidad funciona estupendamente (tuve que ir al médico y no esperé ni 10 minutos, me sacaron sangre y al día siguiente tuve mis resultados), el transporte público es puntual y las calles son muy seguras. Una vez te adaptas, el nivel de vida es bueno incluso si el voluntariado cubre lo justo.


En mi proyecto me siento cada vez más integrada y sé que estoy aportando bastante. La forma de trabajar con niños es muy diferente a lo que había vivido en España, donde solo colaboraba puntualmente con Cruz Roja Juventud. Aquí los padres son mucho más "laissez faire" y los pequeños muy independientes, aunque de todas formas te comen a besos y abrazos cada día (alerta mocos). Me estoy interesando mucho por la pedagogia y psicología infantil, así que a saber que pasará una vez finalizados los 11 meses.


Creo que la moraleja en este primer capítulo sería que tienes que darte un tiempo y un respiro cuando se trata de irte a vivir a otro país. En el voluntariado estás muy protegido: los responsables de la asociación de acogida organizan eventos y se preocupan de guiarte en todos los asuntos burocráticos, tienes un tutor, un mentor y un Coala (amigo asignado, basicamente). Para cualquier cosa, hay al menos 3 personas a las que contactar lara pedir ayuda, eso sin contar con tus amigos.


Eso seria todo por el momento, dejo unas cuantas fotos de mis aventuras. ¡Hasta el mes que viene!




Octubre - otoño llegó, marrón y amarillo


¡Buenas de nuevo!


Este segundo mes de voluntariado ha sido muy intenso en todos los aspectos. Por una parte, he aprovechado cada fin de semana para viajar o recibir visitas. Por otra, he tenido que lidiar con unos cuantos roces en el proyecto. De todas formas, bien está lo que bien acaba, y parece que por fin he logrado asentar una rutina.


Probablemente lo que más ha llamado la atención ha sido esa mención a problemas en el proyecto, así que empezaré por ahí. Al poco de comenzar el trabajo, te darás cuenta de que cada sitio es un mundo y a cada voluntario le tocan unas condiciones diferentes. A la hora de compartir experiencias, siempre nos sorprendemos de que todos estemos amparados por la misma asociación de acogida. Es fácil que, al comparar, te entren punzadas de envidia al escuchar historias de otros voluntarios: los que trabajan en colegios tienen excursiones de patinaje, al zoo o a museos. Algunos trabajando en el sector cultural, reciben un pase para recibir descuentos. Otros tienen días libres a cada rato. Es en estos momentos tienes que recordarte a tí misma el porqué elegiste el proyecto, y que estás en Viena por solidaridad. Es fácil olvidarse de esa parte, una vez te acomodas.


El día a día en una guardería es tan agotador como entretenido. Mis niños aprenden español a velocidad récord, en parte porque no saco tiempo para aprender alemán y solo les queda esa opción para comunicarse conmigo. Me derrito cada día con sus chorradas, balbuceos y mimos, porque son una panda de gamberros con más energía que el propio sol.


Hablando de Viena, octubre ha sido especialmente agradable. El otoño ha aterrizado despacito, con temperaturas muy moderadas (fresco como para llevar jersey) y la ciudad quedó preciosa cubierta de hojas. Nos pasamos las tardes en las terrazas cercanas al Augarten bebiendo chocolate caliente, melange o pumpin spice latte; fuimos de compras a tiendas de segunda mano para dejarnos menos de 10€ por el armario entero de otoño; exploramos los alrededores de Viena para descubrir castillos y colinas con vistas alucinantes etc.


Castillo de Kreuzenstein así a lo artístico para que te des cuenta de que es otoño









Viena desde Kahlenberg, mostrando a unos cuantos afortunados que pueden permitirse los precios del café en esa terraza





En cuanto a los viajes, regresé a Budapest, visitando también Praga y Brno. Las tres son ciudades baratas y un finde allí da para mucho, así que a veces sale mejor sacar un Flixbus barato e irte de aventura que quedarte en Viena.

Imágenes: Brno y Praga


Pero, ¿en qué se ha quedado mi día a día?. Me apunté a un gimnasio de estos baratos (FitInn) con unos pocos amigos y solemos ir después del trabajo, para después preparar la cena todos juntos en alguno de los pisos (jamás en mi residencia, ¡no tenemos ni horno!). A veces intentamos estudiar algo de alemán de por medio, aunque suele ser un fracaso, y excepcionalmente vamos al cine o a algún evento (sobre todo si lo ofrece Grenzelos gratuitamente): el Viennale, Acro-Yoga, visita a Albertina… Al venirme pensé que mi rutina iba a consistir en “German and chill”, pero ambos escasean, así que me queda disfrutar de todas las oportunidades (y fiestas) que ofrece esta ciudad.


¡Hasta la próxima!




Noviembre, winter is coming


Este mes me he retrasado con el post y no tengo excusa. Hay un dicho austríaco muy extraño que dice que todos tenemos un Schweinhund (literalmente, un perro-cerdo) dentro. Cuando nos da pereza algo y procrastinamos, se debe a que el perro-cerdo está despierto. Esta gente es algo extraña, con un sentido del humor muy distinto (pero no carecen de él, como marca el estereotipo. En general son gente muy educada, orgullosos de su Wiener Manieren: siempre puntuales y con un “gracias” en la punta de la lengua). Seguro que parece que me he vuelto una experta en alemán, pero en realidad he avanzado más bien poco en el idioma. Aprendo a trompicones, se me quedan más las anécdotas culturales que la gramática (aunque he de decir que es muy compleja). En ese sentido, mis expectativas se han visto frustradas porque la inmersión lingüística no es tan fácil como te la imaginas. Sigue siendo saltar a la piscina, pero como si te exigieran hacerlo con un tripe mortal con voltereta (y cinco excepciones a la regla).


En el tema viajes nada ha cambiado. Aprovecho cada ocasión para escaparme a explorar Austria o los países circuncidantes. Empecé el mes de noviembre visitando Trenčín, una pequeña ciudad de Eslovaquia con un castillo muy chulo, cerveza barata y mucha naturaleza. Fue una escapada de una sola noche en petit-comité, porque ya hemos aprendido que viajar en grupos grandes es agotador (mejor dejarlo para una vez al semestre, yo soy partidaria de viajar con poca gente o incluso sola, aunque eso dependiendo del país, por seguridad)


Foto: Trenčín y sus alrededores. Sí, hace frío. Manga larga, jersey, chaquetón, gorro, bufanda y guantes ya a principios de mes.





Bratislava se da ya por hecho, los buses te pueden salir por 1€ si los coges con mucha antelación (gracias Flixbus, por muchas veces que me dejes tirada esperando en la intemperie).




Me quedé dos findes en Viena, en uno tuve visita de mis padres (con lo cual mi calidad de vida y provisiones en la despensa aumentaron considerablemente). En el otro me dediqué a hacer vida social (sobre todo fiestas en pisos de estudiantes, porque algunos afortunados tienen espacio para dar y regalar. También salimos de Pub Crawl por el distrito 1, tuvimos una sesión de beeryoga y mucho más. Siempre sobran eventos a los que unirse); a culturizarme un poco (visitamos museos como Albertina, el de historia y el de la moneda) y a maravillarme con la navidad en esta ciudad. Encienden las luces ya en noviembre: si la ciudad era bonita de por sí, imagínatela con luces en cada esquina.


La foto más típica del mercadillo del ayuntamiento y una escultura del museo de historia, pequeñas joyitas de Viena y la pinta que tienen mucha de las fiestas aquí:



¿Qué hay del trabajo? Poco ha cambiado, adoro a mis niños y ellos me han cogido mucho cariño. Ya tenemos el grupo al completo, la mayoría son todavía muy bebés (1-2 años) y por ello he tenido momentos de mamá orgullosa: un nene aprendió a caminar, otra empieza a vocalizar y casi pronuncia mi nombre (te llaman mamá mientras no les insistas en lo contrario). Por lo general, son niños muy despreocupados y felices, así que pasar la mañana con ellos es muy gratificante (pero agotador: pueden reír un segundo, llorar al siguiente y abstraerse en el infinito al poco después). En invierno puede ser algo durillo porque no siempre podemos sacarlos al parque (además vienen con más capas que una cebolla), pero lo sobrellevamos bien a la espera del buen tiempo.


Los últimos retazos de otoño en el Augarten


Sigo con mi buen propósito de comer sano e ir a correr (hay muchos parques frecuentados por runners como Prater o zonas de paseo junto al Danubio como Donaumarina), pero tanto viaje y visita pasan factura. He cogido peso con todo esto de independizarme y organizar las comidas por mi cuenta, pero también me he vuelto un poco cocinillas. Tendré que hacer balance a fin de año a ver si salió a cuenta.


Tras el chascarrillo queda poco más que contar, ¡tercer mes superado! El tiempo empieza a pasar demasiado deprisa.


¡Hasta la próxima!



Diciembre y enero - Navidades de voluntariado


Diciembre me sorprendió en Graz, donde visitábamos a una amiga (recordad que en Austria se organizan eventos de formación que incluyen a gente de todo el país, por lo que terminas teniendo sofá disponible en Innsbruck, Salzburg o Linz casi seguro). Pudimos asistir al Krampus, una tradición muy antigua consistente en soltar demonios por toda la ciudad. Que no os intimide, hoy en día se basa en una especie de cabalgata con algún que otro demonio despistado que lanza petardos o se ofrece a sacar selfies.


Me fui de Viena el 20 de diciembre por la noche, en dirección Frankfurt. Allí pasé las navidades con la familia de mi novio (mucha comida y muchos castillos) antes de pasarme por Asturias para recoger los regalos de reyes. Mi año comenzó allí, aunque apenas pude disfrutar de una semana con mi familia. Siendo un break tan corto, os podréis imaginar que también fue intenso. Me lo pasé tan bien, que supe de inmediato que se venía la querida depresión invernal post-navidades. No es para menos, porque pasas de estar a unos asumibles 15 graditos a 5 bajo cero. De tomar un chocolate en terraza a matarte corriendo por pillar el tren porque no aguantas ni 3 minutos más a la intemperie. De estar con la familia a vivir por tu cuenta de nuevo. En fin, el mismo shock que al inicio, pero mucho más crudo.


Os adelanto que en mi caso, "new year, new me" no surgió ningún efecto, así que a mi vuelta retomé mi estilo de vida pero con alguna novedad interesante: viajes, eventos y un nuevo mini-proyecto.

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El ritmo de vida en Viena se ralentiza mucho en invierno. ¿Qué hace esta gente para superarlo? Pues irse a resorts de ski o resguardarse en cafeterías. Ambas opciones son tan caras que te harán llorar (eso hasta que se te congelen las lágrimas, soy una dramática con el frío). Por suerte, encontré algo que me mantendrá bastante ocupada y a resguardo: un grupo de voluntarios hemos decidido preparar un proyecto nacional ideados para jóvenes emprendedores. Se trata de un “Europrojekte” austriaco, en el cual organizas alguna actividad social en tu entorno y recibes financiación para llevarla a cabo. Hemos decidido preparar una serie de workshops abordando las barreras del idioma, sensibilizando del tema y explicando a jóvenes y adolescentes que hay más maneras de comunicarse. En una ciudad con refugiados y tantos internacionales, es importante que la gente tenga la mente abierta. Es una necesidad que percibimos a nuestro alrededor y queremos aportar nuestro granito de arena. Este tipo de oportunidades dentro del voluntariado lo hacen más interesante.


En enero tienen lugar varios waltz al puro estilo austriaco. Los voluntarios asistimos al BOKU ball, el que organiza la universidad, porque nos pagan la mayor parte de la entrada. Se lo toman tan en serio, que nos ofrecieron clases de waltz y otros bailes de salón. Fue un baile de etiqueta, todos asistimos con trajes tradicionales o de largo (nos pasamos un 50% de la fiesta sacando fotos al sitio y entre nosotros, pero fue toda una noche)




Mi traje de austriaca, prestado por una amiga de Viena. Es una suerte tener gente local, aunque otros se las apañaron en tiendas de segunda mano.






El resto del mes me lo pasé con visitas, viajando a Budapest (sorpresa) y a Zagreb. Como de costumbre, el transporte sale tirado si estás dispuesto a dormir en un autobús y los Airbnb te salvan la vida. Como punto de partida, Viena es perfecta.


Budapest en invierno, paraíso nevado.


¡Un finde sorprendentemente primaveral!



A pesar de todo el movimiento, no dejé de disfrutar Viena tampoco. En invierno hace un frio que pela, así que te ves obligada a recluirte (eso sí, en piña): organizamos cenas internacionales en casa, salimos en busca de bares baratos o nos conformamos con plan de mantita y peli. Salir a correr es sorprendentemente agradable con bajas temperaturas, si tienes la equipación adecuada. Por rutas frecuentadas como Neue Donau o Prater, es raro no cruzarse con un runner.


En el jardín mi situación mejoró considerablemente, puesto que empecé a asumir tareas más diversas: participación en el área pedagógica y gestionar las páginas web. Me siento muchísimo más motivada. Además, el día a día se ha vuelto más ameno desde que al fin logramos tener el grupo al completo y establecimos rutina con ellos. Catorce niños de quince meses a tres años, una combinación peligrosa. Unos caminan, otros gatean. Unos te rebaten cualquier argumento en alemán, otros apenas recuerdan tu nombre. La barrera del idioma se ha desvanecido, ahora que chapurreo alemán y ellos ya entienden suficiente español.


La relación tanto con ellos como con los padres mejora cada día. La fiesta de navidad nos brindó la oportunidad de charlar con los adultos y de que nos vieran interactuando con los niños al mismo tiempo, aumentando la confianza. Antes de irme de vacaciones, recibí galletas, fotos, té y bombones. En general son tan simpáticos y jóvenes, que dan ganas de invitarlos a salir de fiesta (en serio, en España ni se me pasaría por la cabeza tener un hijo a los 25)


En fin, que sigo adorando a mi pequeños macarras y nos preparamos para la próxima aventura: ¡carnaval!


Espero que estos post no se estén empezando a sentir repetitivos, pronto comenzarán las aventuras en alta montaña (¡espero!)


¡Hasta la próxima!


Febrero, la calma antes de la tormenta


¡Estoy de vuelta! La desconexión se ha debido, evidentemente, al impacto del corona virus. Ha sido todo un alboroto, aunque los voluntarios hemos salido bien parados. De todas formas, voy a recapitular al inicio de febrero, antes de la crisis.


El mes me pilló en pleno viaje, como de costumbre. Mis amigos me visitaron en Viena y nos fuimos todos juntos a Budapest para repetir la famosa fórmula: comida barata, vistas impresionantes y mucha fiesta (voy a montar una agencia publicitaria, porque esta ciudad me debería contratar). El último destino fue Zagreb, aunque llegamos bastante reventaos por los buses nocturnos y tanto trasnochar. Probamos el rakhia auténtico (error) y la gastronomía croata, que es básicamente carne. Visitamos el museo de la relaciones rotas, el de ilusionismo y nos recorrimos la ciudad varias veces porque es pequeñaja en comparación a las otras dos. Zagreb está genial para ir con amigos, no dejéis de visitarla.


Estuve de vuelta para San Valentín, celebrándolo con mis amigos en una de nuestras pizzerías favoritas. Gelato, vino y pasta para los voluntarios con relaciones a distancia o solteros. No es mal plan. Al día siguiente (el día más señalado del mes, cuando nos ingresan el dinero), fuimos a unas clases gratis de baile indio. Todos los sábados se repiten, cada vez con un estilo diferente. Es una manera fabulosa de hacer nuevos amigos, porque tienen lugar en un distrito muy dinámico con mercadillos y muchas terrazas. Fue el primer día de sol, tras un invierno duro, y absorbimos tanta vitamina D como pudimos. Una novedad importante en este mes fue que aprendimos acerca del dumpster diving en Viena, pero de eso puedo contar poco.


La siguiente escapada a Budapest me la salto para no ser repetitiva, pero dejo esta foto del paisaje en Budapest Hills para contrastar con mi siguiente aventura: el Tirol.


Para finales de febrero estaba ya algo saturada. Mis baterias sociales andaban por los suelos tras tantos eventos y niños todo el día, así que decidí aprovechar que se acercaba el Mid-term training (un evento para voluntarios de toda Austria, es obligatorio y te pagan el desplazamiento) para montarme un viaje a solas. Algunos de mis mejores viajes han sido por mi cuenta, así que tengo ya la iniciativa de irme si me apetece y el plan no le cuadra a nadie más. Llené la mochila y cogí un tren en dirección a Innsbruck. Por el camino fui buscando y solicitando prácticas, porque estar de voluntariado no es todo ocio: tienes que ir planeando el siguiente paso con cabeza.


Innsbruck fue sin duda un highligh del voluntariado. Disfruté cada día allí al máximo: me quedé a dormir en casa de un voluntario que estaba de viaje en Berlín y me dediqué a explorar toda la zona. Me pateé la ciudad entera, visité el zoo alpino, subí una montaña pasando del telesférico y exploré bosques de película. Podría haber ido a esquiar (es fácil acceder desde la ciudad), pero decidí no arriesgarme: a mediados de mes me desmayé en casa y tuve una contusión fuerte en la cabeza, por lo que seguía teniendo ataques de migrañas repentinos. (Se me olvidó mencionarlo, pero terminé en el hospital y de baja varios días. Fue tan surrealista que ahora cuesta rememorarlo.) En todo caso, esta ciudad es un must si vives en Austria. Me tocó un tiempo estupendo, soleado y cálido, por lo que pude estudiar alemán en una terraza y conocer gente casualmente de ruta. Me invitaron a un concierto (de Bartbudwig, no tenía ni idea de quien era hasta entonces) en un centro cultural repleto de hipsters. Fue la guinda del pastel.


Al finde de reflexión y tranquilidad le sucedió una semana agitada. Tomé un tren a Salzburg (en serio, los trenes en Austria son lo mejor: puntuales, limpios, cómodos, buen wifi… quien pudiera permitírselos más a menudo) y allí me reuní con toda la panda. Los trainings se traducen en comida gratis, workshops interesantes, juegos y nuevos amigos. Como siempre, me encantó el evento, aunque me puse mala un día de por medio y eso lo aguó un poco.


En esta ocasión nos regalaron merchandising del Cuerpo Europeo de Solidaridad, así que nos vestíamos a juego. Fue un detalle muy bonito. A los traineers ya les hemos cogido mucho cariño, es una lástima que éste fuera el último training (en teoría tenía otro más, pero el corona virus lo arruinó).


Como todavía me restaban energías, me quedé con unos cuantos voluntarios en Salzburg el finde siguiente. Fuimos a un hostel juvenil muy chulo, donde te regalaban el desayuno y la cena (a veces Austria te sorprende, con ese contraste entre café a 4€ y una noche -todo incluido - a 15€). Vi la película Sonrisas y lágrimas por primera vez: al parecer solo los turistas le hacen caso porque los austriacos están hasta las narices de ella. Nada mejor que verla allí y buscar los edificios que te gustaron.


Aprovechamos para escaparnos a Hallstatt, el pueblo más idílico que he visto nunca (ojo, nadie desbanca a mis pueblos asturianos, pero eso ya es subjetivo). Es algo dificil llegar, con mucho transporte de por medio, pero incluso el trayecto merece la pena. Ves lagos y campos de un verde sobrenatural contrastados por montañas nevadas (las rarezas de finales de febrero). El último paso es montar en barco para cruzar el lago, y para entonces ya estás absorto por la belleza de este sitio.


Pues eso sería todo en cuanto a viajes. Por estas fechas comencé a notar los efectos del corona virus: mis vuelos a Dubrovnik fueron cancelados, con lo cual semana santa se iba al garete. Poco a poco mi bandeja de entrada se llenó de mensajes mencionando al COVID-19, y he de admitir que al inicio era bastante molesto: a nadie se le pasó por la cabeza que pudiera llegar a ser tan grave. Todos nos decíamos “ay, los medios de comunicación. Ay, la histeria colectiva” y seguíamos a lo nuestro. Por suerte, esta actitud salvó a los vieneses de desabastecimientos de papel higiénico innecesarios. Pero todo esto lo comentaré en el siguiente post, porque marzo será siempre recordado como EL mes catasfrófico en el que todos nos dimos cuenta de la que se nos venía encima.


Marzo, la crisis del corona virus


¿¡Pero qué demonios está pasando!?


Bueno, ese ha sido mi resumen del mes. Regresé de un viaje alucinante por el Tirol para encontrarme un caos curiosamente bien organizado. Por suerte, aquí en Viena todo fue bastante paulatino, especialmente si lo comparamos con la situación en España. La gente comenzó a tomar precauciones prontamente, desde finales de febrero, así que no cundió el pánico. Los supermercados siguieron ofreciendo sus productos y las calles se llenaron de bicicletas, mientras que en el metro iba quedando menos y menos gente.


A pesar de todo, fue un proceso extraño: primero se cancelaron los eventos públicos, y ahí comenzaron los rumores. “En Italia ya no se puede salir de casa… van a cerrar todos los kindergarten… teletrabajo….”. Todo sonaba raro y lejano, como enterarse de que hay una guerra en otra parte del mundo. Apenas una semana después, se anunció que no era posible seguir yendo al trabajo.


Resulta que tuve todo a mi favor en esta situación: al vivir en un distrito alejado del centro y rodeado de parques, pude seguir haciendo vida relativamente normal. Cerraron comercios y restaurantes, pero está permitido salir a dar un paseo o practicar deporte en solitario (también con compañeros de piso). Se puede pedir pizza a domicilio, gran ventaja. Desde nuestra asociación de acogida nos recomendaron que implantáramos una rutina y preguntásemos a nuestros proyectos que tareas se podían realizar a distancia. En mi caso lo tuve muy claro, puesto que ya me estaba haciendo cargo de remodelar la página web: dimos otro paso hacia delante y empecé a gestionar el plan de marketing digital al completo. Básicamente, home office por las mañanas con el ordenador, lo cual me deja montones de tiempo para estudiar alemán. La Universidad de Viena aplazó mi examen de acceso a los cursos, pero tan siquiera eso fue una mala noticia. Tendré más tiempo para subir al A2 y empezar en un nivel más alto.


En general, los días se han ralentizado. Cuando hace buen tiempo, salgo con la bicicleta o a correr con mi compañera de piso. Mi novio se vino desde Budapest cuando anunciaron que iban a cerrar las fronteras y también anda por aquí cerca. Todos tomamos muchas precauciones, por lo que llevo sin ver a los demás voluntarios (aquellos que no viven en la residencia) un tiempo. He conocido zonas de la ciudad que ni me imaginaba que existieran – el jardín oriental y latino -he recorrido todo Alte Donau e incluso me he adentrado en el city center una vez para conseguir piezas de la bici. Siento que tengo mucha suerte, porque mi vida no se ha desmoronado como la de muchos otros en esta crisis. Por otra parte, toda la ansiedad de finales del voluntariado, típico interrogante de los últimos meses respecto al futuro, se ha desvanecido. No merece la pena comerse el coco si sabes que todo puede cambiar de un día a otro. Me limito a hacer bien lo mío (¡tengo que ponerme con el SEO y con las redes sociales de mi Kindergruppe!), a estudiar y ha jugar mucho con la Nintendo Switch. Es una gran compañera en toda esta movida, jamás me he alegrado tanto de haberla comprado: puedo echar horas al Animal Crossing y a Zelda como si nada.


Mi único miedo fue que nos echaran a patadas (ahí otro rumor, se comentaba que a los voluntarios de Bratislava los mandaron a casa) y así pasé el mes, un poco nerviosa por el porvenir, cogiendo muchos kilos con la tontería de tener tiempo para cocinar y una despensa muy llena.


Abril, la primavera del voluntariado


Abril ha sido un mes de lo más extraño. Para empezar, el abril aguas mil no ha surgido ningún efecto en Viena, porque apenas recuerdo días de lluvia (algo impactante para una asturiana). En segundo lugar, la primera mitad del mes fue un poco más de lo mismo – vida con distanciamiento social: muchos paseos con la bicicleta y videollamadas a todas horas – pero a mediados nos anunciaron que empezaríamos a trabajar en breves con (relativa) normalidad. Por ello, siento como si hubiera vivido dos meses en uno, radicalmente distintos el uno del otro.


Las primeras dos semanas fueron tranquilas. Seguí mejorando al página web de mi asociación y también me dediqué al Eureprojekte, aquel otro proyecto europeo para voluntarios en Viena que nos fue aprobado. En mi tiempo libre hice más picnics de los que puedo contar y empecé a ver las señales de que la cuarentena estaba terminando. Poco a poco, los bares ofrecieron espacio en sus terrazas. Poco a poco, la gente empezó a pasear más tranquila, sin máscara y sin prisas. Poco a poco volvieron a oírse risas en la calle y los parques se llenaron de reencuentros. Fue un cambio agradable, aunque bastaba con entrar a un supermercado para recordar – por todas las medidas de seguridad – que esta primavera no iba a ser tan dulce.


Durante el tiempo de social isolation, mis únicos acompañantes (me, myself and I)


De vuelta al trabajo, volver a ver a los niños fue toda una experiencia. Tras un mes de aburrimiento, se nos comieron a besos, dispuestos a portarse bien y disfrutar de estar juntos de nuevo (si hubiera sabido que tan solo hacía falta una cuarentena para poner en orden un jardín de infancia…). Los días son tranquilos, ya que el horario se redujo y se decretó un máximo de 7 niños a la vez. Esto nos ha dado mucho margen para desatar nuestra creatividad: hemos inventado nuevos juegos y actividades. Incluso hemos pintado el patio interior de colores en un arrebato. Salimos al parque todos los días, a veces exploramos zonas desconocidas del Augarten y a veces nos limitamos a correr en los jardines. Desde que gestionara la página web durante la encerrona, me han ofrecido combinar horas de oficina con tiempo en el kínder. Así puedo estar tranquilita con el ordenador a primera hora y unirme al grupo para comer. Yo diría que es el mejor upgrade que podría haber pedido.


La única mala noticia es que, al acabarse el tiempo de “tú solo sobrevive, ya tomarás decisiones más tarde” llega… ¡bingo! Momento de decidir sobre el futuro. Para los que estamos aquí, habiendo vivido una situación mucho más benévola que en España, volver parece más complicado que nunca. No solo en el tema logístico, sino a nivel de oportunidades. Me estoy planteando quedarme a vivir en Viena, a pesar de toda la morriña, porque las cosas pintan muy mal de vuelta en casa. Creo que ahora mismo, es la preocupación principal de todos los voluntarios, porque muchos planes se fueron al garete.


Ya veremos que nos depara el futuro, hasta que tenga las cosas más claras, me despido y os deseo a todos mucha buena suerte.


¡Un saludo a distancia!


Mayo – nueva normalidad: ¡mucho mejor que antes!


Como ya adelanta el título, mayo me devolvió el sentimiento de los primeros meses. Pude volver a quedar con todos los amigos de Viena y decidimos recuperar el tiempo perdido: excursiones en bicicleta, paseos, barbacoas, viajes y mucho más. Como regalo de cumple adelantado, me dieron un ticket anual para el zoo de Viena. Si no me he ido por Austria de aventura, se me puede encontrar allí todos los findes de semana.


Con el buen tiempo, la gente de Viena se anima muchísimo. Pasamos de un invierno gris y triste a una primavera super soleada, de modo que el plan al salir del trabajo muchos días es tirarse en un parque o beber en una terraza. La gente también se ha vuelto más sociable, puede que por echarlo tanto de menos: En este mes he hecho más amigos vieneses que en todo el voluntariado.


El zoo de Viena, pequeño y super bien cuidado. Jamás había visto animales con tanto lustre, además organizan muchas campañas de ayuda para la conservación del medio ambiente.





Como lo que más echaba de menos era moverme por ahí, viajar a Linz y al lago Gmunden me animó muchísimo. Visitamos a otros voluntarios allí y pasamos de tren en tren, cubriendo tanto como pudimos.


En el proyecto todo sigue bastante bien, me encargo del blog y las redes sociales además de ayudar en el propio jardín, lo cual me ayuda a disfrutar tanto las horas tranquilas en la ofi como el dinamismo de los niños. Aún así, en este mes hubo una novedad sorprendente: otra voluntaria fue traspasada de su proyecto al mío, siendo ya 4 voluntarios en este.


En fin, que se asoma el verano y un poquitín más lejos, esa incertidumbre de “pero yo, ¿en qué país me quedo?”. Espero que el desenlace de esta historia sea como el de esos cuentos tan fantasiosos que les leo a los niños.



Conclusión, ¿como resumirías la experiencia?


Para empezar, un voluntariado es una experiencia vital irrepetible. Es una etapa única en la vida, coincidiendo con ese salto a la edad adulta, y te aporta mucho más de lo que ves reflejado en tu feed del Facebook (es fácil mostrar los viajes y fiestas, pero explicar lo mucho que te has desarrollado como individuo no lo es tanto). Irse un año a otro país a trabajar debería ser un requisito, porque te ayuda a ordenar tus prioridades y aprendes más de lo que te hubieras imaginado.


Durante mi tiempo como voluntaria en La Rueda, he tenido momentos de felicidad absoluta y otros tantos de bajona. Se me pasó por la cabeza dejar el voluntariado en algún momento, cuando el clima era frío y soñaba con sentarme a la orilla del mar en Gijón, mi ciudad natal. Sin embargo, superé esos momentos de morriña e hice cuanto pude de esta experiencia. He empezado a aprender otro idioma, he organizado un proyecto europeo por mi cuenta y me las he ingeniado para hacerme un hueco en esta ciudad, adaptándome a la cultura. Ser voluntaria no es un camino de rosas, pero merece la pena. No sé quién sería de no haber venido, pero tengo muy claro que la Isabel de hace un año no es la misma persona que soy ahora.


Espero haberte ayudado a satisfacer tu curiosidad o a decidir dar el paso,


¡Hasta siempre!

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